El lugar donde se encuentran los finales

Ese lugar frío, oscuro y completamente aséptico, donde se quedan todas las cosas que terminan, todos aquellos sentimientos que un día fueron importantes y que creíste que podrían hacerte feliz.

Ese lugar donde te das cuenta de que tan solo has sido un juguete, una diversión temporal de alguien o simplemente del destino.

Allí donde ya no sientes la compañía de nadie, tan solo el silencio y el dolor de quien ha perdido una parte de sí mismo por el simple hecho de haber amado.

En ese lugar no existe absolutamente nada, giras tu cabeza a ambos lados y no ves nada, ni tan siquiera puedes llorar, no tiene ningún sentido hacerlo porque sabes que todo ha terminado y que ni siquiera las lágrimas dejarán salir las ilusiones destrozadas y los sentimientos pisoteados.

Y como en una de las peores resacas tras una fiesta, cuando te prometes a ti mismo que no volverás a probar el alcohol, intentas engañarte prometiéndote no volver a enamorarte, no volver a creer en la magia de sentir a una persona a tu lado que siente lo mismo que tú.

Pero en este lugar las promesas no existen, tampoco los sentimientos, tan solo existes tú y la nada, porque eso es lo que queda cuando todo termina, nada.

Las personas hablan de los recuerdos, y del tiempo disfrutado, pero en el momento en el que todo termina, cuando caminas llorando y destrozado hacia este lugar, nada de eso tiene importancia, quizá con el tiempo puedas disfrutar de esos recuerdos pero aquí y ahora lo único que queda es nada.

La soledad te acaricia la espalda dándote la bienvenida de nuevo y prometiéndote que esta vez no será tan cruel contigo, pero sabes que es mentira porque en este lugar las promesas no existen, tan solo tratas de convencerte a ti mismo de que todo será mejor, cuando sabes que no hay nada.

Y entonces cometes de nuevo el error, de convencerte de que eres una persona única y maravillosa, y de que no necesitas a nadie al lado, y nuevamente te mientes una y otra vez. Pero como las promesas, en este lugar, las mentiras tampoco existen.

Aquí sola no siento añoranza, no siento dolor, no siento nada, tan solo quiero olvidar para quizá algún día volver a creer, aunque creo que ya he pasado demasiado tiempo aquí, y la herida que eso genera llegará un día que no cure.

Despacito cojo la mano de la soledad, de esa soledad a la que tanto odio y a la que tanto quiero al mismo tiempo, ya que es la única que siempre está ahí y que a pesar de ser cruel te recoge y te comprende, se sienta a tu lado mientras lloras, o simplemente mientras duermes para no llorar y te trata mal para que despiertes y salgas de nuevo a la calle.

Tantas veces esta cueva ha sido ese lugar que creo que se ha convertido en un hogar para mí, ya no me custodia el cuélebre pero vuelvo cada noche a este lugar porque es lo único que conozco, ser una Ayalga tiene un precio que jamás llegaré a pagar para ser libre.

Cierro mis ojos despacio, dormir no es una mala idea porque en mis sueños sigo siendo libre y quizá podría decir que feliz.






Paloma García Díaz

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